dijous, 5 de juny de 2014

La aurora boreal que visitó Valencia en 1764


Crónicas sobre fenómenos atmosféricos curiosos se recogen muchas a lo largo de los siglos y son documentos de gran interés a la hora de realizar estudios paleoclimáticos o astronómicos. He aquí un ejemplo muy interesante, se trata de un documento que lleva un título muy descriptivo: Aurora boreal observada en Valencia en la noche del dia cinco de marzo de este presente año 1764 por el Dr. Manuel Rosell prebitero 1. 



El autor del texto, en el que aparece la ilustración que acompaña estas letras, describe con detalle lo que para la ciudad de Valencia (y para casi toda la península) fue un hecho asombroso: 

A poco mas de las ocho y media (esta es la hora en que primeramente lo advertì, pero otras personas me han asegurado que lo vieron à poco despues de las 7), en la noche del día 5 de Marzo observè, que estando el Cielo sereno, y estrellado, sin que se viera nube alguna por todo el horizonte, y puestos debaxo de èl la Luna, y el Sol, y acabado su crepusculo, [...] observè una parte del emisferio boreal iluminada de una luz blanquecina, que en sus extremos amarilleaba algo mas [...] La figura, que representaba la iluminacion, era de un segmento de circulo, cuya cuerda era una parte del horizonte boreal, y la circunferencia el arco luminoso que terminaba en sus extremos; de èstos el oriental estaba en el grado 44. de norte à levante; y el occidental en el grado 68. de norte à poniente [...] de que se sigue, que su medio estaba à 12. grados de norte à poniente, ò en la quarta de norte al ovest en donde tenia su mayor altura, que era de 20 grados [...] Para que todo esto se vea con claridad, y se pueda formar idea de lo sucedido, sirve la primera figura [...] Esta era la disposicion, y figura del meteoro à la hora sobredicha; pero no perseverò mucho tiempo en ella, antes bien, en el espacio, que và hasta los tres quartos para las diez, y en adelante, se le observaron varios movimientos, que aunque muy lentos, se hacian sensibles, por variar de algun modo de sitio [...] figura dos [...] A los tres quartos para las 10. se observò, que repentinamente atenuando un poco su luz, arrojò rayos desde el horizonte àzia el cenith, en la parte que correspondia à el norte [...] figura 3. A las 10 y quarto, amortiguandose por la parte de levante, arrojò por ella misma rayos semejantes à los primeros en la figura, pero diferentes en la calidad; pues estos eran rojos, ò de color de fuego, como se ven en la figura 4. A las 11, reducido en su extension el segmento luminoso, arrojò rayos de luz por todas partes; pero mas desmayados que los primeros. A las 12 ya havia descaecido mucho la luz del meteoro; pues solo se advertia un albor casi cubierto de nubes, como se vè en la figura 5. hasta que à la 1. ya dissipado todo el resplandor, solo ocupaban las nubes toda la area del segmento. esto es lo que observè. 

La obra es más extensa y puede consultarse siguiendo la referencia que he colocado al pie. La cita es una selección de ese añejo texto tal y como aparece en un interesante estudio sobre auroras boreales observadas en la Península Ibérica en el siglo XVIII 2, que muestra cómo el fenómeno no ha sido tan raro a lo largo de la historia como podría pensarse. Cierto es que las auroras observadas en latitudes más bajas de lo habitual no son muy comunes pero, precisamente por su carácter excepcional, constituyen el típico ejemplo de fenómeno que ha sido registrado por escrito para dejar constancia de que algo raro sucedió tiempo atrás. Se cuenta con registros de auroras observadas incluso en las Islas Canarias. La variación en la aparición del fenómeno en nuestras latitudes está muy relacionado, como no podía ser de otro modo, con los ciclos solares. Tomando de nuevo el estudio mencionado: 

El XVIII es clave en la historia del conocimiento del fenómeno, pues en él se inicia su investigación científica, estimulada por la notable actividad auroral que tuvo lugar entre 1716 y 1790, intervalo al que preceden y suceden dos períodos de carencia conocidos como los mínimos de Maunder y de Dalton. De la observación de la primera gran aurora después de un largo período de carencia, el 7 de marzo de 1716, dedujo el astrónomo Edmund Halley su relación con el magnetismo (…) La aparición de luces del norte en el cielo peninsular con relativa frecuencia a lo largo del siglo XVIII, especialmente en su segunda mitad, fue seguida con interés por eruditos, científicos y periódicos setecentistas, quienes se interrogaron constantemente sobre su origen, perplejos ante la diversidad de teorías que pretendían explicar el fenómeno.